La sola mención de un suceso, nombre o lugar o el mero pensamiento de los mismos implica dos cosas: ponerse a indagar o pensar en ponerse a indagar. Una vez que nos interesamos en un tema o caso en particular comienza el camino para comprobar hipótesis y preconcepciones, un trabajo mental arduo y laborioso.
El resultado inevitable –muchas veces- es la duda, aquella que no es posible eludir de ningún modo pero cuyas consecuencias pueden ser graves, pues el escepticismo podría crecer a tal grado que el sujeto que investiga podría ser rebasado por su propia duda, dejaría de creer en lo que revisa, en lo que averigua, en lo que aprende, en lo que descubre, en lo que ve… dejaría de creer que cree y acto seguido, perdería los objetivos iniciales de su investigación: encontrar respuesta a sus interrogantes y proponer una línea o rama adicional a la que dio pie a la búsqueda. “La incertidumbre está entonces en nosotros, en nuestra memoria o la de nuestros testigos. No está en las cosas”[1].
Si esta serie de pasos ocurre la duda metódica cartesiana es llevada al extremo y lo más recomendable sería no hacer nada, no estudiar los documentos, no investigar, no interesarse por tópico alguno pues al fin y al cabo todo resultaría una mentira (si, busco una “verdad” pero no creo lo que mis ojos ven…). Me pongo a pensarlo y me parece que las investigaciones no se cierran, es menester darles fin porque hay que entregar el resultado a nuestros mentores y maestros que habrán de evaluarlo, pero de acuerdo con Raymond Aaron, cualquier trabajo debe concluir en suspenso para que alguien más lo retome en el futuro o como dice Jean-Paul Sartre, “lo más propio de una investigación es que sea indefinida. Nombrarla y definirla es lo mismo que cerrar un círculo”[2].
Escribió: Israel Nungaray González
[1] Bloch, Marc/Apología para la historia o el oficio de historiador/ Fondo de Cultura Económica/México/2006
[2] Sartre, Jean-Paul/Crítica de la Razón Dialéctica/Editorial Losada/Buenos Aires/1979

