Por Israel Nungaray González
Este libro escrito por un sociólogo atañe tanto a sus colegas como a historiadores. Daniel Bell no hace un recuento cronológico del sistema capitalista sino que habla de el desde adentro, es decir, da por hecho que el lector tiene conciencia que vive en y del capitalismo; además de que el autor es estadounidense y habla con conocimiento de causa de la nación capitalista por excelencia.
Este libro escrito por un sociólogo atañe tanto a sus colegas como a historiadores. Daniel Bell no hace un recuento cronológico del sistema capitalista sino que habla de el desde adentro, es decir, da por hecho que el lector tiene conciencia que vive en y del capitalismo; además de que el autor es estadounidense y habla con conocimiento de causa de la nación capitalista por excelencia.
Estados Unidos ejemplifica muy bien la premisa encontrada en el título. Bell dice que “…el capitalismo sirve de base a la libertad, a la elevación del nivel de vida y la superación de la miseria”[2]; una vez que alcanzan tales objetivos los humanos entran en una fase de persecución hedonista, una búsqueda constante de placer validada por la adquisición de productos novedosos: autos, artículos electrónicos, ropa, y todas las comodidades al alcance. El modo de vida ideal promovido por la cultura gringa, especialmente a partir de la década de los cincuenta. Sin embargo, la contradicción surge porque “una sociedad en rápido cambio inevitablemente engendra confusión con respecto a los modos apropiados de conducta, los gustos y la vestimenta”[3]. Periódicamente aparecen nuevas pautas, usos y costumbres, por lo que el hedonismo nunca es satisfecho por completo; mas bien el placer es sosegado precisamente por su imperfección, por su no-concretud.
También hay una mención de lo que aconteció en el ámbito artístico. Los artistas pasaron de atender en sus obras cuestiones netamente humanas a inmiscuirse en la dinámica capitalista. La intención del arte debía corresponder al modo de vida hedonista imperante. La producción era barata y desechable (arte pop en los años sesenta), muy acorde con la constante movilidad cultural que exige al público consumir lo que muchas veces no necesita o del cual no comprende su utilidad. Elementos de reciente creación que deben distribuirse rápidamente ponen en entredicho a los individuos al enfrentarlos constantemente a dificultades de elección[4]. Así mismo, estos cambios acarrean problemas de inestabilidad económica y política difíciles de controlar para los gobiernos[5]. La vorágine con la que se desenvuelve el capitalismo no da tiempo para detenerse a contemplar las modificaciones acaecidas hasta cuando ya es demasiado tarde y no hay marcha atrás. Daniel Bell comenta que esta modalidad tendría alrededor de cuarenta años más de vigencia (el book fue publicado en 1973), al tiempo que advierte sobre un posible colapso económico muy similar al del tiempo presente.
[1] Bell, Daniel/Las contradicciones culturales del capitalismo/Alianza/Madrid/2004
[2] Ídem/p. 33
[3] Ídem/p. 75
[4] Ídem/p. 113
[5] Ídem/p. 230


Hola Israel:
Este es uno de los libros importantes para entender la cultura desde el capitalismo (aun cuando sea gringo), actualmente permeada por la mercantilización de casi todo. El casi es para dejar un viso de optimismo en esta mañana de sol. El impacto que le llaman vorágine es tal, que ni cuenta nos damos las personas comunes, pero en definitiva la llamada industria cultural está modificando numerosas prácticas sociales. La universidad no está alejada del funcionalismo y el pragmatismo de las necesidades económicas. Sin embargo, a los instrumentos que aprendemos para analizar, hay que dejarles una ranura de libertad para disentir o para dudar.
Gracias por compartirnos tu lectura.
Graciela Manjarrez